miércoles, 25 de junio de 2008

Las virtudes y la dirección

¿Por qué el directivo debe ser virtuoso?

¿Qué beneficios obtendrá la empresa?

¿Qué acciones o conductas podemos representar en la tarea directiva que hagan alusión a cada una de las virtudes?

¿Cómo se reflejan las virtudes en la estrategia de la empresa?

¿Qué relación tienen las virtudes con el ejercicio del marketing?



El hombre bueno es el hombre virtuoso, o sea, aquel que habitualmente actúa con rectitud ética.

Virtud es un hábito operativo bueno. La virtud es una facultad perfectiva de la mujer o del hombre, esto quiere decir que las virtudes son perfecciones de la persona. A la virtud corresponde el concepto de hábito, es decir, la disposición constante y firme de hacer el bien. Lo contrario a la virtud es el vicio.

En la virtud la persona compromete toda su acción y favorece que se ejercite en hacer de continuo actos buenos. San Agustín define la virtud como: “ Virtud es aquella buena cualidad del espíritu, por la que se vive rectamente, y de la que nadie usa mal”.

En CEC 1803 “ La virtud permite a la persona no sólo realizar actos buenos, sino dar lo mejor de sí misma. Con todas las fuerzas sensibles y espirituales, la persona tiende hacia el bien y lo elige a través de acciones concretas”.

Las virtudes cardinales juegan un papel central en el actuar ético de la persona, en efecto el buen actuar se fundamenta en estas cuatro virtudes Prudencia. Justicia, Templanza y Fortaleza.

La Prudencia aporta la discreción en el obrar atendiendo al ser y a la verdad de las cosas; la justicia supone la rectitud y la equidad en el actuar, al fortaleza vence las dificultades que salen al paso del vivir moral y la templanza evita el desorden y permite el dominio de las pasiones.
Prudencia es el hábito que posibilita a la razón juzgar rectamente y determinar aquello que se debe hacer. Es una virtud activa que orienta y dirige a las demás virtudes, dado que les indica qué, cuándo y cómo actuar o, al contrario, determina si es o no necesario omitir una acción o también si es conveniente elegir una determinada opción frente a
otra serie de posibilidades.

La prudencia es decisiva por cuanto hace relación a lo más intimo del ser humano, a la inteligencia y la voluntad, o sea, en la prudencia se integran dos elementos: uno cognoscitivo y otro resolutivo.

La inteligencia ofrece a la voluntad el conocimiento de lo que es bueno hacer y de lo que se debe evitar. Por otro lado la inteligencia ayuda a la voluntad para que la persona lleve a término lo que la razón juzgo que convenía realizar u omitir, o sea, la prudencia reclama una determinación resolutiva. En concreto, la prudencia exige del entendimiento la ponderación. Pero tal ponderación intelectual no es suficiente, si no que la prudencia aporta también a la voluntad la fuerza y el coraje para llevar a término lo que se debe hacer.

Pertenecen a la esencia de la prudencia dos elementos: Primero formar un juicio adecuado sobre lo que es mejor entre las diversas opciones que hay que asumir; Segundo una vez formado el juicio recto, entra en función el ejercicio de la libertad para llevarlo a término.
La actitud prudente de la persona se convierte en virtud, cuando se habitúa a actuar siempre de acuerdo con el recto juicio de la conciencia. El hombre prudente es el que tiene el hábito adquirido de actuar conforme a la recta conciencia.

Con la luz que le aporta la conciencia, la prudencia perfecciona el entendimiento por que le ofrece no sólo los criterios de verdad y error, sino de bien y de mal ético. Asimismo, eleva la decisión de la voluntad más allá del querer, puesto que le comunica cuál es el verdadero bien que se debe apetecer y, en consecuencia, qué es lo que se ha de elegir.

“Es la prudencia quien guía directamente el juicio de conciencia. El hombre prudente decide y ordena su conducta según este juicio. Gracias a esta virtud aplicamos sin error los principios morales a los casos particulares y superamos las dudas sobre el bien que se debe hacer y el mal que debemos evitar. (CEC1806).
El prudente mira lo bueno de la realidad, lo pondera y decide ejecutarlo, puesto que la prudencia es un saber directivo.

La virtud de la Justicia.
Justicia es el hábito según el cual uno, con constante y perpetua voluntad, da a cada uno su derecho. Es la virtud que demanda y exige que se dé a cada quien lo que le corresponde.
Existen tres clases de justicia: conmutativa, distributiva y legal.
  1. La justicia conmutativa es la que rige las relaciones de los individuos entre sí.

  2. La justicia distributiva, es la que regula las relaciones de los gobernantes con los súbditos. Un gobierno es justo cuando distribuye equitativamente los bienes y las cargas entre sus súbditos.

  3. Justicia legal. Es la que mide las relaciones entre los individuos y el Gobierno y el Estado. Los ciudadanos tienen la obligación de cumplir las leyes justas.

El hombre prudente está dispuesto a decidir siempre a favor de la consecución del bien. No obstante, determinarse por el bien no siempre es tarea fácil, muchas veces encierra muchas dificultades. De ahí la importancia de la Fortaleza para llevar a término lo resuelto por la voluntad prudente. De este modo, las virtudes de la prudencia y de la fortaleza se coposibilitan mutuamente.

La fortaleza no es una virtud aislada que puede actuar sola y por sí misma , en la vida moral entra en juego la fortaleza para vencer las dificultades que surgen. Junto a la virtud de la fortaleza se estudian otras seis virtudes afines que derivan de ella y que, al mismo tiempo, la alargan y la engrandecen, cuales son: la magnanimidad y la magnificencia, la paciencia y la longanimidad, la perseverancia y la constancia.

La fortaleza es la virtud cardinal que potencia la voluntad para que se decida por el bien difícil con el fin de alcanzarlo, empleando para ello todas las fuerzas, incluso con riesgo de la propia vida. Por eso se le denomina la virtud del bien arduo.

“Sólo quien es prudente y justo puede ser fuerte”, Fortaleza sin prudencia puede confundirse con ímpetu instintivo o incluso airado.
Cuando lo demande la prudencia y si tal situación representa un compromiso con la justicia, entra en juego la fortaleza, pues entonces la voluntad se empleará a fondo

La virtud de la fortaleza lleva al hombre a ser fuerte y valiente ante las múltiples dificultades internas o externas que se presentan al momento de luchar contra el mal y de hacer el bien.
La fortaleza supone también que la vida moral del hombre es vulnerable y para no ser vencidos, se les exige fuerza y energía para el combate moral.

Existen otras virtudes derivadas y unidas a la fortaleza.
Es clásica la teoría sobre la virtud de la fortaleza que sostiene que esta virtud tiene algunas virtudes derivadas o virtudes pequeñas que se originan de ella y la acompañan.

Estas virtudes son seis y están agrupadas en tres circunstancias.
Magnanimidad y magnificencia. Si se refieren a la actitud y disposición para acometer grandes empresas.
Paciencia y longanimidad. Si se trata de superar las dificultades que se levantan ante los males presentes.
Perseverancia y constancia En el caso de que las dificultades sean duraderas o permanentes.

Magnanimidad.
Es la virtud que inclina a la persona a acometer, en el ejercicio de cualquiera de las virtudes, grandes obras dignas de honor y de aprecio. El hombre magnánimo es sujeto de grandes elogios debido a que practica otra serie de virtudes, tales como la justicia, caridad, veracidad, honradez, sinceridad…

Magnificencia.
Es la virtud que se dispone a llevar a cabo grandes obras y no fáciles de ejecutar, sin que sea obstáculo para realizarlas las dificultades, incluida la cuantía económica.
La virtud de la magnificencia coincide con la magnanimidad en que ambas se ejercitan en llevar a término grandes proyectos.

Paciencia.
Es la virtud que soporta, sin tristeza pero con fortaleza y constancia, las dificultades físicas o morales que le aquejan.
La paciencia es una virtud imprescindible en la lucha por alcanzar la perfección moral. La razón es que la existencia humana está llena de dificultades y se necesita la constancia para perseverar con buen ánimo. En situaciones en verdad difíciles, la paciencia se alimenta de la fe.

Longanimidad.
Es la virtud que da ánimos para persistir en lograr algo bueno, pero que carece inalcanzable.
La longanimidad participa de las virtudes de la paciencia y de la magnanimidad. Con está última tiene en común la espera alegre en que puede alcanzarse lo que se pretende.

Perseverancia.
Es la virtud de permanecer en el bien, a pesar de que se alarga la consecución de aquello a lo que se aspira y para lo cual se lucha, bien sea para arraigar una virtud o para desarraigar un vicio.
Esta virtud tiene mucho en común con la paciencia, se distingue por cuanto la perseverancia está a la espera de conseguirlo, mientras que la paciencia se vive con serenidad y alegría. También tiene cierto parecido con la longanimidad, puesto que ambas virtudes han de esperar largo tiempo antes de que se logre aquello que se propone alcanzar.

Constancia.
Es la virtud que tiene por objeto robustecer la voluntad para que no desfallezca en el empeño por persistir en la práctica moral a pesar de las dificultades que sobrevengan.
La diferencia entre la perseverancia y la constancia es que la primera hace relación a que se continúe y se persista en la práctica del bien, mientras que la segunda acentúa las dificultades ante los obstáculos exteriores con lo que se tropieza.

La templanza.
Es claro que la persona ha de ser dueña y señora de todas sus potencias y de todos sus apetitos. La fortaleza le ofrece el vigor para que actúe incluso hasta el heroísmo en las dificultades más graves por las que atraviesa, pero la vulnerabilidad del hombre es tal, que a veces no le es fácil superar ciertas circunstancias que conlleva el vivir, pues las pasiones humanas y las tentaciones son tantas y tan fuertes, que se expone al peligro de sucumbir. Para evitar tales trances, es deseable precaverse con anterioridad a que esas situaciones hagan acto de presencia. Es aquí donde entra en juego la TEMPLANZA, la cual procura un uso razonable y medido de las cosas y de los placeres para evitar que las pasiones lo dominen. La fortaleza ayuda a superar fácilmente las situaciones desesperadas.

La templanza es la virtud cardinal que orienta y modera la tendencia a los placeres sensibles para que la persona se mantenga dentro de los límites que le señala la fe.
En un sentido vulgar la templanza se entiende como un freno, moderación, contención.
“La templanza es la virtud moral que modera la atracción de los placeres y procura el equilibrio en el uso de los bienes creados. Asegura el dominio de la voluntad sobre los instintos y mantiene los deseos en los límites de la honestidad. La persona moderada orienta hacia el bien sus apetitos sensibles, guarda una sana discreción y no se deja arrastrar para seguir la pasión del corazón” (CEC1809).
Algunas virtudes anexas a la templanza que derivan de ella son: la humildad, la modestia, la mansedumbre y la clemencia.

La humildad trata de moderar el apetito desordenado de la propia excelencia, a partir del conocimiento.

La modestia es la virtud que inclina al hombre a comportarse en todas sus manifestaciones internas y externas dentro de los límites propios a su estado y posición social.

La mansedumbre tiene por objeto moderar el carácter según la recta razón.

Clemencia, es la virtud que inclina al superior a mitigar el castigo que debe imponer al súbdito culpable. La clemencia nace de la dulzura del carácter que lleva a ser comprensivo con los subordinados.

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